
Entre diciembre de 2025 y marzo de 2026, el fútbol ecuatoriano ha definido su rumbo dirigencial para los próximos años. Las reelecciones de Miguel Ángel Loor en la LigaPro y de Francisco Egas en la FEF no son solo una muestra de continuidad, sino una entrega de legitimidad absoluta por parte de los clubes. Con este respaldo renovado, desaparecen las excusas: la distancia y los choques públicos entre ambas instituciones deben dar paso a una era de cooperación estratégica.
La estructura frente al conflicto personal
La existencia de dos organismos independientes es una práctica saludable y probada en ligas de élite como las europeas. Mientras la LigaPro se enfoca en la gestión del campeonato nacional, la FEF debe velar por las selecciones y la estructura macro del balompié nacional. El problema surge cuando esta división de tareas se transforma en una disputa de parcelas de poder, donde la coordinación brilla por su ausencia y el mensaje hacia el exterior es de fragmentación.
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El costo de la falta de unidad en el fútbol ecuatoriano
Una relación marcada por el desgaste no solo afecta la imagen institucional, sino que ralentiza la toma de decisiones clave para clubes, jugadores e hinchas. No se trata de que los dirigentes deban ser amigos o coincidir en cada criterio; se trata de una obligación profesional de convivir y construir. Un torneo local fuerte es el combustible de las selecciones, y una federación sólida es el paraguas de seguridad para el campeonato profesional.
La madurez dirigencial es ahora el requisito indispensable. Con los votos ya contados y los cargos asegurados, el protagonismo debe trasladarse de las figuras individuales a las soluciones colectivas. Si la LigaPro y la FEF persisten en el enfrentamiento, el costo no lo pagarán sus presidentes, sino la evolución competitiva de nuestro deporte.
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